La expulsión es una sanción severa que utilizan los centros escolares como medida última ante la falta de control que se tiene sobre determinadas conductas por parte de los alumnos. Pero, ¿Hasta qué punto son realmente convenientes?
Hasta ahora, dificilmente, se ha demostrado que un alumno que haya sido expulsado haya corregido las actitudes que le llevaron a ello. De hecho, la expulsión pasa a engrosar la lista negra del alumno. No corregir su actitud le impide cualquier tipo de reforma o del más mínimo acto de arrepentimiento.
Esta es una medida que lo que realmente refleja es la incapacidad a la cual, en algún momento determinado, se ven sometidos los equipos docentes de los Centros Educativos.
Las edades en las que normalmente las expulsiones se hacen más numerosas suelen coincidir con la adolescencia. Etapa, que como ya sabemos, las hormonas y los altibajos emocionales son los que marcan las pautas que rigen la conducta de los jóvenes. Es precisamente en esta etapa donde aquellas acciones que se salgan de las normas son mejor vistas por el colectivo adolescente , puesto que denota superioridad al regimen establecido. Transgredir esta linea suele ser motivo de admiración.
Si bien es cierto que la medida de expulsión puede evitar males mayores dentro de los Centros, también es cierto que es simplemente postergar el problema. Normalmente, el alumno no transforma su conducta y peor aún está indultado de cumplir con sus responsabilidades diarias de asistir a clases y lo que esto conlleva.
Dedicándose el tiempo que dura la expulsión a otro tipo de actividades en las que realmente tiene su interés (video-juegos, amistades, deambular por la calle, fiestas, etc.) y para las cuales necesitaba este “permiso” legal de no asistir al Centro Educativo como lo es la expulsión.

Se hace, por tanto, necesario, que los Centros Educativos diseñen programas de reinserción que entre otras pautas contemplen:
- Estudio objetivo de la conducta del alumno que ha propiciado la incidencia, así como causas y posibles agentes externos que hayan tenido participación en la misma.
- Aviso inmediato a los representantes legales del menor, quienes deben apersonarse en el Centro y ser bien informados de la situación y sus consecuencias. De esta forma, iniciar una labor conjuntamente con las familias.
- Asignación de actividades (dentro del mismo Centro) que permitan campos amplios de reflexión y reeducación por parte de los alumnos en esta situación. Así las salas de investigación , lecturas, actividades prácticas y demás se convierten en un espacio para intercambiar ideas y opiniones muy valiosas para el proceso educativo.
-Firmas de contratos entre ambas partes, estudiante-centro, que permita llegar a acuerdos sobre las conductas a cambiar y las herramientas necesarias para hacerlo.
-Evaluación exhaustiva por parte del equipo psicopedagógico del centro, para determinar las causas reales, tanto cognitivas como conductuales que hayan podido ocasionar el incidente, brindando el apoyo profesional necesario para que se reestablezca la normalidad.
-Cuando la situación de crisis se haya superado, darle la oportunidad total al alumno de formar una nueva relación, sin etiquetas de “expulsado”, para que no se vea en el compromiso adolescente de recaer; de esta forma, puede fortalecer su autoestima por haber ganado su propia batalla.
Centro y Alumnos trabajando juntos, educando juntos, corrigiendo juntos, familias integradas al proyecto educativo: es la marcha nupcial más esperada en nuestra sociedad.
Fuente Imagen 1 Flickr.
Fuente Imagen 2 Flickr.
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